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PorPedroHoyos

EL MALESTAR EN LA CULTURA HOY. El sufrimiento psíquico en la posmodernidad

Resumen

Si para Freud una de las consecuencias no deseadas de la cultura podía ser un aplastamiento de los instintos del sujeto por el sentimiento de culpa, lo que engendraría un exceso de insatisfacción neurótica; en el momento presente pareciera que nos encontramos en un lugar distinto, ya no se trata de reprimir los instintos sexuales y agresivos del sujeto, sino permitir un desarrollo sin límites de los mismos.

Caídas las grandes doctrinas universalistas (Cristianismo, Comunismo, Ilustración), estamos presenciando el auge de ideologías que suponen un ataque a la autoridad institucionalizada. Podríamos nombrar al menos los siguientes grandes discursos de la posmodernidad: Feminismo, Animalismo, Cambio Climático, Cientificismo y Nacionalismo.

Las nuevas ideologías funcionan como discursos Amo que cierran la pregunta sobre la responsabilidad personal. La erosión de toda forma de autoridad ha producido un borramiento del padre y una caída del Nombre del Padre (NP) con consecuencias clínicas manifiestas: problemas de identidad de género, aumento de las autolesiones entre los jóvenes, estructuras límite, etc.

Los profesionales alienados a los nuevos discursos Amo pueden tener dificultades para escuchar las subjetividades que contradicen el discurso, en especial el sufrimiento del varón borrado por la ideología de género. En el caso de Sara Winter, el catolicismo funcionó como identificación estructurante, mientras que el feminismo hegemónico alienaba su deseo. La práctica psicoanalítica es también un dispositivo ideológico de poder, pero, quizás precisamente por ofrecer el sostén de una doctrina estructurante, puede ser sanador.

Los discursos van minando la credibilidad de la autoridad establecida y los sentimientos de identidad comunes a todos los ciudadanos, lo que favorece intereses supranacionales, pues se rompe con las identificaciones a la patria, a la familia, al trabajo industrial… El resultado de este ataque a la autoridad es, inevitablemente, una subversión de valores y un nuevo orden social que, como veremos, tiene tintes totalitarios.

El hombre posmoderno que no cree en nada acaba creyendo en todo. En ausencia de referentes ¿No intentan buscar nuestros jóvenes modos de sentido, trascendencia o religión ante una realidad perversa y aplastante?

Palabras clave: Nombre del Padre (NP); ideología de género; feminismo; catolicismo; transgenerismo; esquizofrenia; totalitarismo; posmodernismo; estructuras límite.

 

“Cuando nació la generación a la que pertenezco, encontró al mundo desprovisto de apoyos para quien tuviera cerebro, y al mismo tiempo corazón. El trabajo destructivo de las generaciones anteriores había hecho que el mundo para el que nacimos no tuviese seguridad en el orden religioso, apoyo que ofrecernos en el orden moral, tranquilidad que darnos en el orden político. Nacimos ya en plena angustia metafísica, en plena angustia moral, en pleno desasosiego político”.

Fernando Pessoa. Libro del desasosiego.

Introducción

“El término <<cultura>> designa la suma de las producciones e instituciones que distancian nuestra vida de la de nuestros antecesores animales y que sirven a dos fines: proteger al hombre contra la Naturaleza y regular las relaciones de los hombres entre sí” (Freud, 1930: 3033).

La cultura es para Freud sinónimo de civilización. Para que podamos convivir, la cultura impone pesados sacrificios a la sexualidad y la agresividad humanas. Debido a estos sacrificios “cada individuo es virtualmente un enemigo de la civilización”. “Así, pues, la cultura ha de ser defendida contra el individuo” (Freud, 1927: 143).

Si para Freud una de las consecuencias no deseadas de la cultura podía ser un aplastamiento de los instintos del sujeto por el sentimiento de culpa, lo que engendraría un exceso de insatisfacción neurótica; en el momento presente pareciera que nos encontramos en un lugar distinto, ya no se trata de reprimir los instintos sexuales y agresivos del sujeto, sino permitir un desarrollo sin límites de los mismos. Sin embargo, como veremos, la ausencia de límites puede tener consecuencias nefastas para la estructuración psíquica del sujeto.

Caídas las grandes doctrinas universalistas (Cristianismo, Comunismo, Ilustración), estamos presenciando el auge de ideologías que suponen un ataque a la autoridad institucionalizada que tuvieron las anteriores. Podríamos nombrar al menos los siguientes grandes discursos de la posmodernidad: Feminismo, Animalismo, Cambio Climático, Cientificismo y Nacionalismo. Todos ellos se desarrollan en el marco de un fundamentalismo democrático que oculta los poderes realmente existentes, aquellos que manejan dichos discursos a su antojo e interés.

Las ideologías son sistemas de conceptos e ideas socializadas y vinculadas a los intereses gremiales y particulares de un grupo concreto. Hay que entender entonces que todo discurso ideológico se fundamenta en el uso de una racionalidad acrítica y adulterada, y que por configurarse en oposición a otros grupos sociales suele tener como finalidad el escarnecimiento público del contrario y su destrucción (Hernández, 2018).

Lo paradójico es que, al tiempo que defienden intereses gremiales, los discursos van minando la credibilidad de la autoridad establecida y los sentimientos de identidad comunes a todos los ciudadanos, lo que favorece intereses supranacionales, pues se rompe con las identificaciones a la patria, a la familia, al trabajo industrial… No en vano, son los organismos internacionales los que obligan a implementar las medidas relacionadas con dichos intereses a los Estados miembros.

Se ataca la autoridad de los jueces, del padre de familia, de los profesores, etc. Sin embargo, no se repara en que sin autoridad no se puede habilitar un orden social, ya no digamos psíquico. Un juez no puede dictar sentencias si es inhabilitado por no adherirse a un credo ideológico, un profesor no es respetado si no tiene autoridad, un científico es humillado si no se adhiere al Cambio Climático como ideología, y lo mismo sucede con el padre de familia que es desprestigiado por machista. El resultado de este ataque a la autoridad es, inevitablemente, una subversión de valores y un nuevo orden social que, como argumentaré, tiene tintes totalitarios.

En este contexto, y en lo que respecta a la clínica, cabe hacernos las siguientes preguntas:

¿En qué están afectando las nuevas ideologías a la estructuración del sujeto, en qué afectan a la clínica psicoanalítica y a la práctica del psicoanalista? ¿Puede el analizante hacerse cargo de su deseo inmerso en la malla totalizadora de los nuevos discursos Amo? Es más, ¿puede el analista acompañar al paciente en el proceso analítico, inmerso, también, en dicha malla? ¿Podemos llegar a comprender el sufrimiento del sujeto actual alienados a discursos ideológicos idealistas, ajenos, en algunos casos, al contraste con la realidad?

El ataque a la autoridad tradicional afecta a la función del Nombre del Padre (NP). La desestructuración de la familia nuclear es un hecho, y cabe enfrentar cómo está afectando a la estructuración psíquica y a la identidad de los sujetos.
Si para Freud la religión podía evitar la caída en la neurosis (Freud, 1930), ¿sucede lo mismo con los nuevos discursos de la posmodernidad? Las ideologías, que, en el mejor de los casos, son una suerte de caniche propagandístico de las doctrinas, ¿sostienen el síntoma del sujeto en un equilibrio más vigorizante, o, por el contrario, lo debilitan? ¿Pueden las nuevas ideologías competir, por ejemplo, con el cristianismo, en concreto con la doctrina católica, en cuanto a configurar un NP que sostenga al sujeto? Y si no es así, ¿no estamos suicidando a una generación entera de jóvenes a los que dejamos sin el significante fundamental para protegerlos de la locura? ¿No intentan buscar nuestros jóvenes modos de sentido, trascendencia o religión, ante una realidad perversa y aplastante?

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Emigrante. De Bruno Catalano.

PorPedroHoyos

En defensa de la NEGATIVIDAD (vídeo)

Pueden ver el vídeo aquí (12 minutos), o leer la entrada.

Lo negativo nos indica que algo va mal, ya sea en un individuo, en una sociedad o en una familia. Somos una sociedad que no admite lo negativo, que pretende vivir en la demanda de que todo sea positivo. Veamos el sufrimiento psíquico que esta actitud genera.

Lo negativo se manifiesta en crisis. La palabra crisis viene del griego “Krinein”, que significa “separar” o “decidir”. De aquí se deriva el termino “crítica”, que significa análisis, y “criterio”, razonamiento. La crisis es algo que se rompe, una irrupción violenta de la negatividad que había sido desatendida y que obliga a pensar, a analizar.

En un sistema económico sostenido por ideologías que niegan las contradicciones y los límites, la crisis es inevitable. Los límites y contradicciones representan lo negativo, pero para que una empresa supranacional no entre en crisis, por el colapso de la demanda o la sobreproducción, necesita un crecimiento ilimitado. ¿Cómo pretende obtenerlo? Abarcando más nichos de mercado, absorbiendo otras empresas, conquistando otros mercados (a veces mediante la guerra), abaratando costes, generando explotación humana.

Sólo una negación enorme puede negar lo negativo, por más que lo negativo esté ahí, y sea real. Se necesitan fuertes estructuras ideológicas y múltiples altavoces propagandísticos para mantener la ideología.

Lo negativo, decía René Lourau, pone en marcha un analizador que revela la estructura de las instituciones, el inconsciente social que permanecía oculto.

  1. El amor como negatividad

Dice Byung-Chul Hang en su libro La agonía del Eros:

“El amor se positiva hoy para convertirse en una fórmula de disfrute. De ahí que deba engendrar ante todo sentimientos agradables. No es una acción, ni una narración, ni un drama, sino una emoción y excitación sin consecuencias. Está libre de la negatividad de la herida, del asalto o de la caída. Caer (en el amor) sería ya demasiado negativo. Pero, precisamente, esta negatividad constituye el amor: <<El amor no es una posibilidad, no se debe a nuestra iniciativa, es sin razón, nos invade y nos hiere>>. La sociedad del rendimiento, dominada por el poder, en la que todo es posible, todo es iniciativa y proyecto, no tiene ningún acceso al amor como herida y pasión”.

En una línea parecida decía Erich Fromm en El arte de amar, sobre el amor en el capitalismo:

“Dos personas se enamoran cuando sienten que han encontrado el mejor objeto disponible en el mercado, dentro de los límites impuestos por sus propios valores de intercambio”.

Pero enamorarse no es lo mismo que amar, el enamoramiento es fusión e idealización, para amar necesitas reconocer al otro, con sus virtudes y defectos, no como objeto, sino como sujeto, y el reconocimiento de esa alteridad implica un reconocimiento de lo negativo.

Hoy cada día más, se tratan de borrar las diferencias sexuales, sin darnos cuenta de que el hombre y la mujer se atraen, precisamente, porque son diferentes y complementarios. Es deseable una igualdad de oportunidades, pero NO ser iguales.

  1. El consumo como negación de la falta, aniquila el deseo

El consumo masivo, además, en un intento de tapar la falta, nuestras carencias, lo negativo, en un atiborramiento de consumo positivo, sea del tipo que sea, no deja espacio para desear. Por lo tanto deviene en apatía y caída de la líbido.

Si el objeto falla, no se repara, se tira y se compra otro.

  1. Libros de autoayuda

Los libros de autoayuda, en su vertiente más ideológica, convierten el pensamiento positivo en pura metafísica. Por ejemplo, el psicólogo Wayne Dyer, uno de los autores de más ventas, llega a afirmar pensamientos como el siguiente: “Una vez que creas en ti mismo y ves tu alma divina y preciosa, automáticamente te convertirás en un ser que puede crear milagros”. Muchos de estos libros están repletos de frases en las que se insinúa que puedes cambiar tu realidad meramente cambiando tu pensamiento, como si tuvieses superpoderes. Además, se transmite un individualismo muy dañino, forma parte ya de la ideología de todos que para amar a otro debes amarte a ti mismo antes. Esto tiene importantes matices, ¿cómo vamos a amarnos si nadie nos ha amado antes, o si estamos dañados para poder recibir amor? Una vez el ser humano ha superado la etapa del narcisismo primario se nutre del amor que da a los demás y recibe de los demás. No existe individuo sin los demás. Decía Viktor Korman que lo psíquico es lo social subjetivado. Nuestra identidad se construye a base de identificaciones con los demás.

  1. Mamá, dime NO

El ser humano comienza a estructurarse psíquicamente con la negación, en el momento en que la persona que hace de figura materna dice NO al niño. Gracias a la irrupción de lo negativo el niño podrá ir conociendo los límites a sus demandas. Esto le permitirá generar recursos psíquicos para tolerar la frustración y la progresiva separación de la figura materna (ganancia de autonomía). Si este proceso, por no poder aceptar lo negativo, no se diera suficientemente, podría generar una falla, que más adelante degeneraría en el llamado Trastorno por déficit de atención (con o sin hiperactividad), popularmente conocido como TDAH. Sin lo negativo no hay individuación. Si no se llega a ser sujeto, los demás serán objetos para llenar nuestro narcisismo.

Esta escasa tolerancia a la frustración, esta no aceptación de lo negativo, de la pérdida de la omnipotencia infantil, ¿no puede estar en la base de la cultura del éxito sin esfuerzo, de la cultura de “lo quiero bueno, bonito, barato, breve y ahora”?.

  1. La presión por ser positivos

Decía Pessoa que un optimista es un tonto simpático y un pesimista un tonto antipático. ¿Exceso de positividad el primero y exceso de negatividad el segundo? Mejor sería tratar de ser realistas. No son pocas las empresas que fracasan, porque por un exceso de positividad, no se vieron las amenazas que las hacían zozobrar.

A muchas personas les va bien un poco de pensamiento positivo, por ejemplo decirse a sí mismo que todo va a ir bien, en un momento bajo. Pero ¿qué ocurre, si en este clima de negación de lo negativo, una persona fracasa una y otra vez tratando de ser positivo? Lo que suele ocurrir es que la persona se culpa a sí misma. Al no permitir la entrada de lo negativo no se dispara el analizador, la persona puede entrar en círculos viciosos peligrosísimos.

La presión por lo positivo, por ser feliz, por tener éxito, puede llevar a muchas personas con dificultades para aceptar lo negativo, a la parálisis. El fracaso sería un golpe demasiado duro para su amor propio.

La negación de nuestra falta, de nuestras carencias, nos hace esclavos de los mensajes de un mundo cada vez más artificial. El sistema de propaganda y la publicidad están orientados a infantilizarnos, a negar esta falta constitutiva del ser humano, nos venden ilusiones de completud, de omnipotencia, de éxito sobre los demás, de elitismo. Negamos hasta la vejez, con liposucciones o liftings, vivimos como si la muerte no existiera, y nos hacemos esclavos también de ella. Y cuanto más vulnerables nos hacen más nos atrapan por estos goces secundarios, sustitutivos del deseo, de la libertad personal.

  1. La negatividad de la diferencia sexual anatómica

El niño comienza su proceso fundante, el complejo de Edipo, con el trabajo de reconocer la diferencia sexual anatómica. El reconocimiento rompe su ilusión de completud. Las políticas que promueven la androginia, la no diferenciación, que todos seamos iguales o pensemos igual, ponen en riesgo los procesos estructurantes del niño. Sin la negatividad de lo diferente no puede haber individuación. Caídas las grandes doctrinas universales, caída la estabilidad familiar, la persona se verá abocada a una precaria búsqueda de falsas identidades en los grupos políticos identitarios.  En la masa desaparecerá como individuo, será dependiente de la identidad del grupo, una identidad paranoica basada en un enemigo común.

Para la dialéctica hegeliana la negatividad era el límite que permitía diferenciar al ser y darle sentido. El análisis racional sólo puede darse mediante una negatividad. La clase explotada, el trabajo excesivo, las guerras, la pobreza, son la negatividad, la contradicción que permite la racionalidad. Sin la irrupción de lo negativo no puede haber cambios, ni revoluciones, sino estancamiento o retroceso.

  1. La soberbia cientificista

Una sociedad que pretende negar los límites con la ciencia es una sociedad en la que el ser humano está desconociéndose a sí mismo, olvidando los clásicos. Recordemos a Ícaro, cuando con sus alas se elevó tan alto que los rayos del sol las derritieron, recordemos a Sísifo.

  1. Victimismo

Sin la irrupción de lo negativo no habría aprendizaje. El victimismo sustituye la responsabilidad, las identidades son débiles y nos aferramos a sectas, haciendo rígido nuestro pensamiento y severo nuestro juicio. Se persigue la disidencia, se reduce la libertad de expresión.

  1. ¿Cómo podríamos saber…?

¿Cómo podríamos saber que estamos rotos, si no sintiéramos angustia? ¿Cómo podríamos saber que amamos, si no se nos encogiera el corazón ante el ser amado? ¿Cómo podríamos saber del llanto y del socorro, si taponásemos nuestros oídos y nuestra humanidad? ¿Cómo podríamos saber que estamos perdidos, si no se nos dejase andar?.

Fuentes

El análisis institucional (1970). René Lourau. Amorrortu.

La agonía del Eros. Byung-Chul Hang

El arte de amar. Erich Fromm

http://etimologias.dechile.net/?crisis

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