“Ya lo sé, pero aun así…” Cuando no podemos dejar de creer

“Ya lo sé, pero aun así…” Cuando no podemos dejar de creer

¿Cómo es posible que conviva en nuestra consciencia la experiencia que desconfirma nuestra creencia junto con el robustecimiento de la misma?

Nunca dejamos de sorprendernos cuando vemos a otro obstinarse en una creencia dañina que ha demostrado ser falsa, o cuando nosotros mismos hemos despertado, después de muchos años de creer impenitentemente en algo que ahora sabemos contundentemente que era mentira.

En el libro de Octave Mannoni, La otra escena, hay un capítulo dedicado a la formación de creencias. ¿Cómo es posible que conviva en nuestra consciencia la experiencia que desconfirma nuestra creencia junto con el robustecimiento de la misma?

Los hopi y la creencia en los Katcina

Mannoni recurre a la autobiografía del hopi Don C. Talayesva, titulada Soleil hopi, que nos habla del rito de los Katcina:

Entre la tribu hopi de Arizona, los Katcina son máscaras que representan figuras terroríficas cuyo fin es comerse a los hijos. Las madres rescatan a los aterrorizados hijos dando a los Katcina trozos de carne, y estos ofrecen a los hijos unas albondiguillas de maíz, “piki”, teñidas de rojo.

¡El susto que se llevó Talayesva cuando sorprendió a su madre cocinando piki de color rojo! ¿Su madre era un Katcina? Sin embargo, en la ceremonia la astuta madre cambió el rojo por amarillo y Talayesva pudo respirar tranquilo (de momento).

Diez años después el joven tuvo que enfrentarse a la verdad. Los jóvenes hopi pasan por una ceremonia de iniciación en la cual los padres y tíos se quitan las máscaras y revelan que ellos eran quienes hacían de los Katcina. “Los reconocía a todos y me sentía muy desdichado porque toda mi vida me habían dicho que los Katcina eran dioses” (Mannoni, 1990: 14).

Mannoni se pregunta:

“¿En qué creer si la autoridad es mistificación?” (Mannoni, 1990: 14)

El repudio de la realidad

Pero Talayesva no dejó de creer. El desmentido de la creencia, la realidad de que los Katcina son los padres y los tíos, fue repudiado y la creencia original se transformó en mágica:

“Ya sé que los Katcina son mis padres y mis tíos, pero aun así los Katcina están allí cuando mis padres y mis tíos bailan enmascarados”.

Los niños actúan aquí como sostén de la creencia de los adultos. La nueva creencia en los Katcina constituye una parte esencial de la religión hopi. Cuando Talayesva cae enfermo es salvado por su espíritu tutelar. En otro momento se regocija de que cuando muera volverá a su pueblo bailando como un Katcina.  Nace en él la fe.

La mentira ha de ser lo suficientemente grande para que su impacto no pueda ser asumido

El ejemplo nos hace pensar en la fragilidad humana. Muchas veces hemos podido ver los efectos de este mecanismo en los desengaños amorosos, ideológicos o políticos. Y hemos podido comprobar que la creencia persiste, e incluso se robustece, ante nuestros intentos por despertar a un compañero/a de un engaño amoroso o de una estafa. El efecto que se produce es el de la disociación: representaciones incongruentes conviven en el sujeto sin poder ser colegidas coherentemente en su consciencia. Cuando el fenómeno se da a nivel de masas las consecuencias pueden ser trágicas.

En una época de crisis civilizatoria no es de extrañar que muchos sujetos se aferren a las mismas autoridades que les engañan, como si de un síndrome de Estocolmo se tratase, identificándose a sus maltratadores. Mannoni señala, además, que un impostor puede, a su vez, llegar a creer a otro que utiliza sus mismos trucos, pues el impostor pudo en algún momento repudiar la creencia, pero en lugar de creer en la magia, se apoyó en crédulos para sostenerse.

Creeremos en la propaganda porque necesitamos creer. Si además esta propaganda combina noticias verdaderas que producen desmentida, es de suponer que la creencia se robustece. Quizás por este motivo medios y autoridades utilizan constantemente contenidos contradictorios en sus mensajes, diciendo una y otra vez una cosa y la contraria. Quizás por esto decía Goebbels que la mentira debía ser suficientemente grande para ser creída. Lo suficientemente grande para que su impacto no pueda ser asumido. Por eso el sujeto se aferra a quien le miente y huye o ataca a quien trata de decirle la verdad.

Se preguntaba Nietzsche en el prólogo del Ecce homo aquello de “¿cuánta verdad soporta, cuánta verdad osa un espíritu?”

Pero Nietzsche, gran destructor de la fe cristiana, ¿acaso se preguntó si eliminando la máscara religiosa, no nos haríamos más indefensos ante la mentira de los poderosos? Si todo lo deconstruimos, ¿qué nos queda? ¿Habrá suelo bajo nuestros pies?

Referencias

Mannoni, O. (1990). La otra escena. Claves de lo imaginario. Argentina: Amorrortu.

Imagen

Katcina, máscara hopi.

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PedroHoyos

PedroHoyos administrator

Graduado en Psicología por la Universidad Nacional de Educación a Distancia; Maestría en Psicoterapia Psicoanalítica por la Universidad Complutense de Madrid. Formación en Psicopatología Clínica e Intervención Comunitaria por la Asociación Española de Neuropsiquiatría. Escribo en varios medios digitales sobre psicología, cine y sociedad. Para saber más visite la sección "Sobre mí" en el menú principal, suscríbase en "Para suscribirse" del mismo menú, o sígame en redes sociales.

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